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sep

28

Grandes expectativas…

By Tutty

En Barcelona vivo en un ático que se corresponde con un octavo piso.

Mi ático tiene una terraza de unos veinte metros cuadrados que da a un boulevard bastante amplio.

Además tenemos una mesa redonda, no pequeña, de casi dos metros de diámetro.

A la izquierda, en la terraza, tenemos un lavadero. Un chambao hecho de obra, y bien hecho, que además de servirnos para tener la lavadora, un tendedero y algunos chismes, nos protege visualmente de los vecinos del edificio de al lado. Visualmente digo, porque oirlos los oimos.
No molestan para nada, pero se oyen cenar en la terraza, desde mayo hasta octubre.
Y en invierno cuando el tiempo lo permite. Se oyen ver los partidos de fútbol, invitar a bastantes amigos, seis o siete fácilmente, y hacer barbacoas los domingos al mediodía.

Y yo siempre pienso… qué suerte de terraza….Me imagino una terraza gigantesca, una mesa grande como la de un banquete, una barbacoa construida de obra donde cabe comida para doce, un montón de amigos y celebrar un oktoberfest cada fin de semana!
Si yo tuviera esa terraza, esa mesa y esa barbacoa también montaría unos guateques!

barbacoa portatil
Barbacoa

Hoy se me han caido un calcetín. Ha volado literalmente a la calle, así que me he asomado a la barandilla para intentar verlo, inclinándome un poco.
He mirado a la izquierda y he visto de refilón la terraza de mis vecinos.
¿Terraza?
Ellos tienen un balcón de apenas un metro y medio de profundidad, una minúscula mesa donde yo ni podría comer acompañada y una barbacoa mini-micro-portátil (bastante destartalada).
Me he dado pena y vergüenza. Vergüenza de comprender el error que estaba cometiendo al pensar que el origen de ese buen vivir, esa alegría, esas ganas y tanto amigo eran unas condiciones mejores que las mías.
Y pena por culpar de mi envidia a mi terraza, a mi mesa, o a mi no-barbacoa.
Me he dado pena, también, por no saber disfrutar de lo que tengo y darme de bruces con la realidad.

Pon la mesa Jaume, que hoy cenamos fuera.

dic

8

Me he trasladado

By Tutty

Desde hace unos diez años era nauj27 el que me hospedaba el blog. Y la verdad es que llevaba retrasando trasladarme a mi propio por lo menos tres años… cuando compré mi propio host y su dominio asociado.
Hoy he tenido unas horas libres y he avanzado en la enorme cola (FIFO) que tengo titulada “TODO” (tudu lu que me queda pur hacer).
Le ha tocado el turno al blog.

Me gusta tenerlo. Aunque no lo mantenga, aunque pase meses sin meses si poner nada.
Es importante para mí que esté ahí, paciente, a que yo tenga un buen día… o a que tenga un mal día, y quiera explicárselo al mundo.

Esta noche el blog tiene camita nueva.

PD: Si véis algo raro, que no vaya bien, mandadme un mail, plis!

dic

1

Hay una primera vez… y luego todas las demás.

By Tutty

Supongo que no soy la única en el mundo que alguna vez ha admirado a alguien y ha pensado “Yo de mayor quiero ser como…”. A mí me pasa todos los días, que tengo compañeros geniales y me voy proyectando en ellos para ponerme metas a corto plazo.
Yo en un par de años quiero saber tanto como… Pedro. Pongamos.

Ayer, tomando unas cañas, uno de los juniors de mi empresa, un chavalín tres años menor que yo me dijo eso mismo. “Es que yo, con tu edad quiero ser como tú, controlar, dar charlas…. y todo eso”.

Es la primera vez que me dicen algo así y me sentó fenomenal. Sobre todo porque me sonó bastante sincero.

Y es la primera vez que pienso que quizás más pequeña yo también quería ser como yo, de mayor.

oct

31

Historias del café.

By Tutty

Hoy, Halloween os voy a contar algunas historias de terror que viví cuando estuve en EEUU.

La primera historia ocurrió el día que se nos olvidó que teníamos que irnos una mañana de Los Ángeles y dormir en Las Vegas. Que tuvimos que hacernos un viaje de cuatro horas, por Arizona y Nevada, de 21 a 01 de la mañana, con un jetlag que nos moríamos.
Yo, previsora, me compré un café, que puse en el Mustang, justo entre los asientos de delante, en el apoyabrazos. Lo deposité un segundo, miré hacia otro lado y cuando volví a mirar el café había desaparecido.
- y mi café???
- Ah! – dijo Jaume – Ya decía yo que le había dado a algo con el codo.
La aterradora historia de cómo derramamos un café de medio litro en una tapicería de $18.000 de un Mustang de alquiler.

La segunda historia ocurrió en una gasolinera. En la parte del autoservicio donde te haces café.
- Quiero un café de Mocca- dije.
Y Jaume me advierte:
- Mocca tiene chocolate-
Que no, que no, ¿desde cuando el mocca tiene chocolate?
Pues sí. Tiene chocolate.
- Ahora no quiero pagar cuatro dólares por un chocolate, Jaume.
¿Qué hubieras hecho tú con un café que no quieres? Hacerlo desaparecer, hacerte otro y pagar el otro.
Nada por aquí, nada por allí. Tiro el café en una papelera enorme que había a mi lado.
Mientras me estoy haciendo otro, noto la humedad en los pies.
- Que… coñ….??? – Miro al suelo y veo que desde la papelera sale un líquido espeso marrón. No, no es sangre. Es el café de mocca derramándose a través de la bolsa de la papelera y persiguiéndome… Como en mis peores pesadillas.
Así que de un brinco, con disimulo, me meto en la cola, pago mi nuevo café y salgo… rápido, rápido.

La tercera, y última, aterradora historia del café ocurrió en un Starbucks.
En uno de esos que pides un “café con leche desnatada, descafeinado y con sacarina”. Y tienes que dar tu nombre, no por el crimen que acabas de cometer en contra del café, sino para que te llamen cuando lo tienen hecho.
Estamos en la cola y observamos al coffeemaker (hacedor de café), hacer un café. Con cuidado pone la espuma y la tapadera. Y lo vuelve a destapar, pone cacao en polvo y una tapa nueva. Con sumo cuidado. “WENDYYYY”
Y Wendy no está. Esperamos a Wendy y nada.
Como el tipo de café lo pone en el vaso (desnatado, descafeinado, leche, capuccino…) lo cogí para mirarlo. A lo mejor en vez de mi nombre ha entendido Wendy, pero es el mío. Pero no era. Eso sí, al dejarlo encima del mostrador de nuevo, se me escapa el vaso y empieza a darramarse el café por toda la barra. Rápidamente lo dejo de pie y me alejo un par de pasos. Silbando, porque para disimular hay que silbar.
Justo en ese momento, el camarero se gira y dice mi nombre y cojo al vuelo mi café. Mientras observo, cómo mira hacia abajo y ve el estropicio que hay encima de la barra.
Me giro para no reirme, mientras la chica de detrás, que lo había visto todo, me mira con cara de culpable.

//Corre, Jaume, corre.

oct

23

Catalana

By Tutty

Hoy me he hecho “catalana”.

Bueno, no es del todo cierto, porque siempre seré andaluza de pura cepa.

Pero hoy ha sido ese día en el que tienes que hacer ese trámite que llevas (en mi caso) cuatro años retrasando.

Ya había intentado empadronarme en Barcelona (ya me vale, porque llevo unos cuantos años viviendo aquí), pero entre que el piso no tiene contrato de alquiler; que no tengo ni el agua, ni el teléfono, ni el gas, ni la luz a mi nombre; que necesitábamos que la dueña del piso, escritura en mano, fuera conmigo al ayuntamiento para decir que efectivamente vivo ahí y no había escritura del piso, etc… se había retrasado, retrasado y retrasado… exactamente hasta hoy. ¿Por qué hasta hoy?
Porque ha hecho falta.

Me he levantado con el ojo hinchado y sin apenas poderlo abrir, con la vista nublada. Y claro, he tenido que ir al médico.
Como no sabía qué era ni cuánto tiempo podía estar así de mal y si tendría que pedir una baja, he decidido ir por la seguridad social.

Y a partir de esta decisión el día ha sido una gymkana.
Lo primero, solucionar lo del ojo. Sin tarjeta, sin estar empadronada y sólo con el dni (y sin número de afiliación de la seguridad social) me han atendido estupendamente de urgencias. Es decir, los problemas burocráticos no han impedido que tenga una atención fantástica.

(Por cierto, he flipado con la Seguridad Social catalana. Después de sufrir cinco horas de espera en una sala de urgencias en Granada, con un pie roto. En Barcelona, un picor de ojos te atienden en veinte minutos. No hay cola y hay seis salas que pasan turno cada tres minutos -de media-. Sí con recortes y todo. El próximo catalán que venga a quejarse de **su** -y ahora tmabién mía- sanidad pública se va a ir al carajo).

Era una conjuntivitis menor, así han sido dos colirios con receta médica (con copago) y unas lágrimas artificiales (sin financiación) y un poco de descanso. Y un día sin actividades que impliquen fijar la vista o el contacto con el humo: nada de ordenador, tv, leer… ni cocinar o ir con la moto detrás de un autobús.
Como ya que no podía ir a trabajar, he decidido arreglar todos los papeles que tenía pendientes desde hacía cuatro años. También porque sin tarjeta sanitaria, si alguna vez tuviera una baja, podría tener problemas.

Lo primero el empadronamiento.
Con la dueña del piso donde resido, que no tiene la escritura (pero sí el testamento en el consta que su padre se lo dejó a ella), hemos ido al ayuntamiento.
Por cierto, hemos tenido un pequeño encontronazo porque resulta que la factura de movistar (teléfono fijo) sí que vale para empadronarse. Pero según el funcionario del Ayuntamiento, la de ONO no.
No pasa nada, sólo se ha tenido que leer el testamento y asegurarse de que, efectivamente, la señora (identificación en mano) que nos acompañaba era la legítima dueña del piso y por tanto podía asegurar y firmar para que así constara, que yo vivo ahí.

Una vez empadronada he vuelto a mi CatSalut, pensando que ya podría solicitar la tarjetilla. Ay! Ilusa!
Necesito un papel que diga cuál es mi número de afiliación a la seguridad social. Y eso lo dan en el Instituto de la Seguridad Social.
Que hemos pedido el “certificado del número de afiliación a la seguridad social”.
Y nos han mandado a tesorería.
Pero en tesorería nos han dicho que no, que si es sólo para la tarjeta, el Instituto de la Seguridad Social ya te lo da, pero que no es un certificado: es un papel con un sello.
Ofú.
Pues sí. Nos han dado el papel con el sello.

Hemos vuelto al CatSalut. No abren por las tardes, excepto los martes en horario de invierno.
Por suerte, hoy era martes, en horario de invierno. Y he hecho la solicitud.
Después de tantas idas y venidas cuando el chicho que hacía el trámite me ha dicho “Este papel -el del nº de la seg. social- lo has sacado por internet?”.
Y yo casi grito: “Noooo, he ido allí, si tiene sello y todo, lo veeesss????”
- “No, si ya.. ya… que.. si no está mal. Es que los he visto con otros formatos, que lo deben haber cambiado… que no está mal… ” (Ufff!!)

Me ha entregado la solicitud firmada y la tarjeta de mientrastanto.
-¿Necesitas cita? – Me ha preguntado cuando hemos terminado
-Pues no… lo he hecho para tener los papeles al día.
-Ah, mira que bien, qué responsable…!! La gente lo deja y lo deja… hasta que le hace falta…-
-Sí… que poca formalidad…

//uins, corre, corre.

oct

17

El calendario

By Tutty

Sé que una de mis mayores virtudes no es la regularidad. Que escribo de higos a brevas.. y hablando de higo y de brevas…

Hace dos años, hacia noviembre-diciembre, íba a desayunar a una cafetería todos los días. Todos los días café y croasan. De 8.30 a 9. Religiosamente. Me hice habitual en un local bastante peculiar, ya que estaba en un polígono y todos los demás clientes eran camioneros.
No importaba, nadie me decía nada, me atendía un joven camarero amablemente y los cafés estaban bebibles.

Llegaba ya la Navidad y la susodicha cafetería hacía un sorteo. A cada cliente le regalaba un número y si el número coincidía con el de la lotería de Navidad, te tocaba una cesta. Con un chorizo, un fuet y un jamón.
Me explicaba esto el chico que me atendía mientras me preguntaba ¿quieres participar?


A mí estos sorteos me dan mucha rabia, porque siempre pienso “será capaz de tocarme la puñetera cesta y no el gordo!?”. Porque las mismas probabilidades hay.
Pues sí, quiero partipar. (Claro, si es gratis… ¿para qué preguntas?)

Entonces el chico tartamudea un poco y me explica: El número viene impreso en un calendario que hemos hecho… pero es para otro tipo de público… así que…
Me enseña un calendario con una señorita mostrando sus intimas partes.
Bueno… lo cojo. Vaya a ser que rechace el número ganador. Lo guardo en el monedero.

La cesta de Navidad no me tocó. Pero un calendario del 2011 siempre viene bien, así que lo dejé en la parte de los billetes. Y ahí se quedó, por los tiempos de los tiempos. No me acordé más del calendario, olvidado entre todas las tarjetas de crédito, de puntos, de descuentos y hasta de socia del club megatrix que tengo. Hasta ayer.

Ayer, que fui a coger una bicing y buscaba la tarjeta. Llevaba el portátil, un paraguas en la mano, el monedero, el móvil, las llaves y el portatápers.
Y en eso que se me resbala el monedero y todas las tarjetas de crédito, de puntos, de descuentos y hasta de socia del club megatrix se desparraman por el suelo.
El chico que estaba esperando detrás mía para sacar otra bici, amablemente, se agacha y me ayuda a recoger el fruto del gran síndrome de diógenes plastiquil que sufro. Le da la vuelta a un cartoncillo y no es una tarjeta. Es un calendario con una muchacha con tetas como sandías.
Enrojece. Me mira. Yo miro incómoda para otro lado. Vuelve a mirar la asiliconada delantera de la muchacha. Y me vuelve a mirar.

Ambos recojemos lo más rápido que podemos lo que queda por el suelo. Me lo dá, lo meto en el bolso sin ordenar, saco la bici y me voy. Pedaleando a una velocidad que bien podría haber atravesado la barrera del sonido.

sep

22

Tutty y el mundo de las drogas (II)

By Tutty

Desde hace varios meses estoy yendo a la oficina de un cliente de forma habitual.
Son muy majos y hacen un buen equipo en el que me siento totalmente integrada. Lo cual es fantástico. Casi compensa los madrugones que me tengo que meter y la media hora de coche cada mañana.

Últimamente, cuando vuelvo a Barcelona, me traigo a una chica en el coche. A mí no me cuesta mucho y le evito el viaje de ferrocarril.
Media hora en el coche, varias veces a la semana hace que salgan todo tipo de conversaciones. Vamos conociéndonos más.

El jueves pasado venía con prisas y no podía llevarla a casa, así que la dejé en una estación de metro que hay cerca. Bajé por la calle en la que vivo y le iba explicando:
-Esta zona, pegando a tal, es más chunga. Pero a partir de la calle cual, está bien.
-Ah, sí! Aquí está la federación, no?- Me preguntó en cuanto se situó.
-Pues sí.
-Ah! Ya sé donde estamos! Aquí he venido a veces a pillar.
Y yo, sin inmutarme… al volante, pregunté.
-A pillar…. qué?-
Como hay una discoteca grande cerca, podría ser pillar cacho, no?
Debió confirmar lo pánfila que soy.
Ni costo, ni barra, ni bellota, ni china, ni chocolate, ni talego, ni polen, ni piedra, ni grifa, ni goma.
Me dijo: Hachís. – Muy fina. Y para aclarar, incluyó: Drogas. (Por si…)

Ahhh… yaaaa…. – Le dije muy convencida, pensando (por segunda vez) que es más probable que me defienda en Chino Mandarín que en estos mundos tan desconocidos.

sep

15

Tutty y el mundo de las drogas (I)

By Tutty

Hace más o menos un año, la empresa para la que trabajo me envió a hacer un trabajito rápido de dos días. No, no soy señorita de compañía (por si alguien se lo estaba preguntando).

Llego a la oficina del cliente en cuestión y encuentro a mi persona de contacto, Fulanito, que me explica todos los problemas que surgieron debido a una migración. Me lo comentaba hablando rápido, entrecortándose, mirándo a todos lados y cambiando de postura en la silla cada poco.

Mientras me estaba detallando las acciones que habían tomado, me dió por fijarme en que el cliente presentaba dificultades respiratorias. Frecuentemente, cada dos o tres palabras, sorbía por la nariz. Con todo tipo de ruidos. Algunas aspiraciones largas, de uno o dos segundos, y otras cortas “ssssnnnn”.
Yo lo observaba intentando no perder la concentración y obviar este amplio registro de ruidos que me ofrecía.

Hasta que no pude más. Pensé que era una descortesía no ayudarle. Busqué en la mochila, saqué un paquete de pañuelos de papel y le pregunté “Fulanito, quieres un Clinex?“.
No.
Y siguió hablando. Pues anda y que te zurzan.
Al poco dejó de hablar, yo pude hacer mi trabajo y volver a la tranquilidad de mi oficina al poco tiempo.

Dos días después, estaba comentando con un compañero que había estado en ese mismo proyecto, algunos de los errores que había encontrado y me preguntó “Conociste al Fulanito?“. – “Sí, estuve hablando un rato con él.“. Y me dice, con toda la naturalidad del mundo: “Ese tío se tiene que meter un montón de coca“. Y tú que piensas que yo ya lo había pillado. Pues yo contesté: ¿¿Coca?? ¡¡Pero si está super flaco!!. Para mí la coca es de piñones o de Sant Joan.
Pues me lo tuvo que explicar. Ahhhh… esa cocaaa!!!! ¿Y por qué? Pregunto yo, ilusa. ¿¿Pero no viste todas las veces que sorbe la nariz, los ojos llorosos, los nervios, la exaltabilidad y el calor que tiene???
Pues sí… Y le había ofrecido un pañuelo. :)

¡¡Qué inexperiencia vital…!! Creo que es más probable que algún día entienda el Chino Mandarín que, que no quede como una pánfila en este tipo de situaciones.

sep

4

La malafollá.

By Tutty

Cuando uno nace malafollá, nace malafollá.
Ya nazca en Granada, en Madrid o en Nueva York.

Yo creía que esto era más típico de mi tierra, y que fuera de la provincia la gente sería cándida y amable, simpática y agradable.
Pues no.

La primera vez que le puse gasolina al coche nuevo, todavía estaba en Granada, yo llegué con la única información que me había dado el del concesionario: no es diésel, es gasolina.

Aparco en un surtidor, entro en la gasolinera, y le digo al “señor” gasolinero (digo señor, porque aun no lo conocia, como dice Groucho Marx)
- 20€ de gasolina – Importantísimo: gasolina, no diésel!
Y me dice el gilipuertas:
- Hombre…. No van a ser caramelos!!
Ô.ó

Tenía olvidado este suceso hasta esta mañana, cinco años después, y menos de seiscientos kilómetros conducidos.
Cuando por tercera o cuarta vez he ido a echar gasolina, a las 7 de la mañana (con tiempo, por si acaso) antes de venir a trabajar.
He aparcado junto al surtidor, he pagado 50€ de Sin Plomo 95 (que llenan casi los mismos litros que los 20€ del principio), y cuando he cogido la manguera, no me daba la longitud de la misma. No terminaba de encajar el pitorro, por tres o cuatro centímetros.
- Ya estamos-. He colgado la manguera pongo bien el coche, y se me va el importe… Entro en el establecimiento -Verá, que he descolgado y colgado la manguera… Y se me ha ido el importe…-
Y me dice el tío -Claro, nena, si aparcas el coche en el surtidor de enfrente, cómo te va a dar…-
-Seguro que no es ud. de Granada?- Le he contestado.
Pero no me ha entendido.

ago

22

Pensamientos de una noche de insomnio

By Tutty

Tres días antes de empezar las vacaciones de verano volvía del trabajo en coche. Por cuarta vez, ese día, en el recorrido de vuelta volví a centrarme en mis pensamientos y a no escuchar al GPS.
He hecho este camino en coche cinco veces ya, y creo que ni una sóla vez lo he hecho bien. Siempre me quedo en el carril que no es, o no tomo la salida correcta.

Iba enfrascada en todo lo que iba pasando por mi cabeza en ese momento: el examen del día siguiente, el primer avión de más de un par de horas que cogía después de “todo“, el largo viaje de dos semanas que teníamos por delante, el texto que me faltaba en uno de los capítulos del libro, las tres subidas a producción que habría que hacer en septiembre, y el plan de pruebas interminable del workflow. Por no hablar del interminable alboroto de mi vida personal, de la decisión sobre el piso de Rubí, de la irritabilidad que me causa “sin motivo aparente” peronas que están a mi alrededor, la decisión sobre qué hacíamos con la coneja durante las vacaciones, la limpieza de “chismes” urgente que hay que hacer para la que no hay tiempo, un mail importante pendiente desde hace un par de meses que no encuentro la manera de afrontar, y salto de nuevo a los últimos emails de un cliente enfadado y otra vez vuelta al viaje y lo que quedaba por preparar…

Ya conocía esta sensación.
Dentro, los pensamientos pasan demasiado deprisa por tu cabeza, tan poco tiempo paraban que era imposible que pueda encontrar la solución para cada uno.
Fuera, para colmo había llegado conduciendo con el “piloto automático” a algún lugar que desconocía completamente. Un polígono industrial que no me era ni remotamente familiar, y el GPS parado “sin ruta hacia el destino”. Ni un alma cerca al que preguntar.

Error. No hay ruta viable hacia el destino.
Error de ruta: No hay ruta viable hacia el destino.
Podría ser un mensaje error del GPS, o la nota de una
galletita china de la suerte.

No consigo concentrarme en qué tengo que hacer “ahora mismo” para salir de allí porque no consigo establecer prioridades en las tareas pendientes, no soy capaz de centrarme en cómo llegar a casa para después pensar en hacer la maleta y todo lo demás.

Tampoco tengo batería en el móvil, y tengo que recordar meter el bañador.
¿Dónde está la autovía aquí?

Miro desconcertada a ambos lados, y conduzco sin rumbo, mientras poco a poco, sin que sea consciente de ello, la respiración se me va acelerando.

Cuando la respiración se acelera, todo tu cuerpo se pone en modo de alerta.
Hay un miedo irracional y tengo que salir de esta situción, porque algo (y no sé muy bien qué) no va bien. Vete, vete ya de ahí.

Conduzco torpe y brusca, me acabo de saltar un stop, y aunque no ha pasado nada, el corazón se acelera tanto que me recuerda al de la Mika asustada.

Creo que ahí está la autovía, que está señalizada y me llegará a casa.
El GPS recupera la señal y me indica sin tiempo de maniobrar “Mantengase a la izquierda”, y yo doy un volantazo para hacerle caso.
Y el carril de la izquierda no es mi carril.
Es el carril de un señor que viene tranquilamente en sentido contrario.
Yo lo veo acercarse lentamente.
Para entonces yo ya estoy enjaulada en un cuerpo que no responde.
Sólo veo el golpe inminente, aunque en ese tiempo también pienso que quizás mi corazón, que se me antoja en una sístole perenne, explote antes de que el coche impacte conmigo.

El coche me esquiva, ese y todos los demás. Pero yo estoy atravesada en la carretera, sin poder moverme con la cabeza apoyada en el volante y envuelta en un mar de lágrimas, totalmente ajena a la realidad.

Unos minutos o unas horas, costó que pudiera coordinar lo suficiente como para arrancar el coche y retirarme al arcén.
Y allí me quedé. Esperando.
Esperé, esperé, esperé y esperé.

Con la esperanza de que si pasaba el tiempo suficiente alguien vendría. Porque alguien echaría de menos el coche. O de más.