No todo el mundo está bien siempre.
La seguí con la mirada y la espié desde la rendija de la puerta entreabierta.
Cogió las tijeras, las abrió y empuñándolas trazó una linea recta en su muñeca izquierda. Las tijeras no tenían punta, de manualidades de niños pequeños.
Una raya de sangre se dibujó, pero tan sólo un par de gotas se deslizaron por su brazo. Entonces con la otra mano, mientras la sangre que goteaba se confundía con sus lágrimas, intentó abrir la herida, pero no era lo suficientemente profunda.
Empuñó de nuevo las tijeras e hizo otros siete cortes. Con saña, con fuerza. Violentamente.
Pero sólo uno abrió herida, entonces arrojó lo que se había convertido en un arma contra su vida, y mientras hacía fuerza con el puño izquierdo cerrado, se desmoronó sobre la mesa, y lloró durante algún tiempo.
Fue en ese momento cuando me di cuenta de lo frágil que era.
Lo débil que éramos las dos.
Porque el hilo que en cada momento nos mantiene unidas a la vida, podría ser cortado por unas tijeras de niño.
Comprobé que aunque no nos demos cuenta, las mínimas tonterias son mundos suficientemente grandes como para aplastar a otros, y en su caso, su universo estaba formado por pequeñas cosas, suceptibles de ser destruidas por los demás.
Me prometí cuidarla, y protegerla.
En el fondo era falta de madurez, pero era ella la que debía decidir cuando hacerse grande, y hasta que ella quisiera supe que tendría que estar a su lado, para superar los recuerdos que el tiempo hace morir, que ella quería conservar para siempre.
¿Será cuestión de tiempo?
Dudé.
>> Autocensurado.