By Tutty
Después de un tiempo, uno aprende la sutil diferencia entre sostener una mano y encadenar un alma. Y uno aprende que el amor no significa recostarse y una compañía no significa seguridad. Y uno empieza a aprender… Que los besos no son contratos y los regalos no son promesas. Y uno empieza a aceptar sus derrotas, con la cabeza alta y los ojos abiertos. Y uno aprende a construir todos sus caminos en el hoy. Porque el terreno del mañana es demasiado inseguro para planes… Y los futuros tienen una forma de caerse en la mitad. Y después de un tiempo uno aprende que si es demasiado, hasta el calorcito del sol quema. Así que uno planta su propio jardín y decora su propia alma, en lugar de esperar a que alguien le traiga flores. Y uno aprende que realmente puede aguantar, que uno realmente es fuerte, que uno realmente vale y uno aprende y aprende… Y con cada día, uno aprende.”
Jorge Luis Borges
By Tutty
Ha sido decir escribir que “no tengo nada interesante para contaros”, y me han surgido historietas como setas.
Hay gente a la que le pasan tantas cosas, que su vida daría para hacer un libro. Y otros a los que en realidad no les pasa nada, pero tienen la habilidad de fijarse en todos los pequeños detalles y relatárnoslos como si de un mundo se tratara. Y hacernos reir con anécdotas que hemos vivido también nosotros, por el simple hecho de sentirnos identificados.
Yo soy más bien de las que tienen amigos a los que les pasan cosas curiosísimas, que intento contar por aquí para que el resto de los 20 (no creo que conozca a más de 20 personas) sepan cómo va nuestro ecosistema.
La mayoría de la gente que entra por aquí se conoce entre sí, y me conocen personalmente a mí. De hecho, cuando yo cuento cualquier tontería (mía o de otro), más o menos la mitad de mis asiduos visitantes ya se lo sabía.
Pues hoy toca una de ésas.
De las anecdóticas vivencias, que ya casi todos os sabéis.
Paseaba Rosa (sí, sí, Rosa… ¡la de la risa!) por el aparcamiento, a la salida del trabajo, junto con un compañero que le había prometido llevarla a casa.
Es lo que tienen los coches nuevos, que sacas el mandito, le das al botoncito, y tu coche hace “bip bup” a la vez que te saluda con los intermitentes.
Rosa se fija en el coche, y cuando llega a su altura lo rodea hasta la puerta del copiloto, que abre dispuesta a subirse. Levanta la cabeza (antes de dejarse caer en el asiento, gesto que nos hace quedarnos sentados) y ve que el caballero que está abriendo la puerta derecha del turismo no es su compañero.
Extrañada se gira, y ve a su acompañante inicial mirándola estupefacto con la puerta derecha de otro coche abierta. Mira de nuevo, esta vez muerta de vergüenza, al otro lado del coche, y sacando la pierna (que gracias a dios era lo único que había metido) le dice al desconcertado extraño: “Perdón, me he confundido”.
Cierra la puerta y corre al otro coche, que sí que era el receptor de los infrarrojos del mando de su acompañante.
Seguramente por el camino, ella quería hacerse tan chiquitita, tan chiquitita, que podría haberse escondido en una grieta del pavimento del suelo.