La casa desilusionada.
La belleza es un acuerdo entre el contenido y la forma. Hanrik Ibsen
Sólo la naturaleza hace grandes obras sin esperar recompensa alguna. Alexandr I. Herzen
Lo que se suponía que iba a ser un fin de semana tranquilo y relajante para despejarme de Granada y la ajetreada vida que llevo allí, se ha convertido en una siesta larga interrumpida por ratos de cansancio y fatiga debido a la baja tensión con la que mi cuerpo reacciona a las bajas presiones de la costa.
Además, alterno momentos de bochorno y calor asfixiante con otros de frío húmedo que me hacen tiritar.
Había pensado levantarme temprano para ver amanecer, o ir al a playa por la noche y hacer una pequeña observación (de hecho me he traido el planisferio y el celofán rojo…).
Pero como acertadamente dijo Lennon, “La vida es eso que pasa mientras uno está haciendo planes”: ni pensar, ni leer, ni escribir, ni ver estrellas, ni nada de nada. Más bien dolor de cabeza y embobamiento infinito es lo que toca este fin de semana.
Cuando era pequeña mi abuelo tenía pequeños tesoros encerrados bajo llave en los cajones del escritorio de madera oscura del cuarto donde dormíamos mi prima y yo. La misión en la hora de la siesta era buscar esas llaves por toda la casa, e ir probando en todos los cajones hasta conseguir abrir alguno y deleitarnos con pequeñas y valiosas cosas como moneditas de oro, una colección de gomas, clips de colores, una grapadora muy grande, cientos de calendarios de monedero de hacía muchisimo tiempo…
Ahora que somos mayores la casa de Motril es una casa desilusionada. Los cajones ya no están celosamente guardados bajo llave, sino que están siempre abiertos, y en su interior ya no hay pequeños tesoros, sino medicamentos y recetas. Y supongo que nosotras ya no sabemos buscar tesoros.
Lo mejor de Motril, que he observado este fin de semana, es la forma de reconocer a la gente. En Granada, cuando le pregunto a Eli “¿Qué Juan?” (pregunta muy común), ella suele contestar “Mi Juan”, o “Nuestro Juan”, o “Juan el Bueno”, o… Pero es una clave poco común y poco estandarizable.
En Motril hay mucha gente que se conoce, y no por el nombre y el apellido (por Dios! ni mucho menos). Aquí la gente pregunta “¿Qué Juana?” y el otro contesta “esa- Juana- que- es- una- cachonda- que- tiene- un- marido- que- es- un- sieso” y todo el mundo sabe qué Juana es.
Lo peor de Motril, que he observado este fin de semana, es que no hay silencio. No es culpa de nadie, quizás mía, que no sé vivir aquí. No sé adaptarme (qué le vamos a hacer…?).
Vuelvo a escribir un poquito, llevaba mucho tiempo sin hacerlo (sin ser yo). Y odio que no haya silencio. Oigo el sonido de varios televisores a través del patio interior, del motor de las motos con escape libre que van conducidas por media neurona, de las cisternas que se vacían, de los pasos taconeados de la vecina de arriba… todo iba a ser tranquilidad y ahora ni siquiera puedo concentrarme para leer…

