Todo había empezado de nuevo.
Entré tras golpear levemente la puerta.
“¿Me has llamado?”
Él estaba junto a la ventana, eran las ocho de la tarde y la tarde ya naranja.
Los rayos del sol entraban perpendiculares, y él estaba de espaldas a la ventana.
Sabía dónde había aprendido eso: se lo enseñé yo. En una visita a la Alhambra, en el Mexuar, le comenté que con esa orientación el rey podía escuchar sin ser visto. Pasaba las audiencias en esta sala, y el súbdito, deslumbrado por el sol, sólo podía ver una sombra.
Ahora era yo la que estaba cegada por los rayos que entraban perpendiculares, y eso me molestaba mucho. Sabía que no lo hacía sin querer, que todo estaba calculado al milímetro.
“Acércate”- y yo, obediente, me acerqué.
Su voz sonaba distante, y sin duda quería aparentarlo.
Caminé cinco pasos y él estiró el brazo y me ofreció algo. Tuve que adelantarme otros dos para alcanzar el obsequio.
Era un saquito de cuero morado, y lo reconocí. Lo compramos una vez en un mercado, juntos. Lo abrí y miré el contenido: cinco monedas de distintos valores (en pesetas), una canica de cristal y una caracola naranja en forma de oreja.
“¿Sabes lo que quiere decir?”
Asentí con la cabeza, claro que lo sabía. Sin duda.
Me giré sin decir nada más, y me fuí.
Descendí rápida (casi rodando) por la escalera de caracol, atravesé el local disfrazado de lúgubre cafetería, subí quince escalones y pude ver Trafalgar Square.
Todo había empezado de nuevo.
Verano 2005.