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oct

24

Siempre hay alguien mirando….

By Tutty

Las paredes de mi cuarto estan llenas de manchitas que son provocadas por la luz de la ciudad de noche que se cuela entre las rendijas de mi ventana semicerrada.
//semicerrada, y no semiabierta

Ahora cambian de intensidad.
Son parpadeos constantes y periódicos y sé perfectamente de donde provienen.

Un día compré unos prismáticos de oferta y no de demasiada buena óptica para ver la Luna.

PERSIANA

Probándolos con las ventanas de los edificios de enfrente, del otro lado del río, entreví un cuarto de estudiante.
Un ordenador, una mesa con la orientación que recomienda el Feng Shui, la cabecera de la cama hacia el norte, y un telescopio en la ventana.
Y un chico moreno que paseaba por la habitación con folios en la mano.

Con la morbosa situación provocada por el hecho de que podía ver sin ser vista, todos los días dedicaba algo de mi tiempo a observar al desconocido.

Un día, entre las seis y las siete de la tarde, lo ví acercarse al telescopio.
Dudo mucho que haga una actividad diferente a la mía, con la ventaja de tener mucha más potencia de visión…
No había terminado de pensar en esto, y el telescopio me estaba apuntando.

Mi primera reacción fue dejar los prismáticos y sentarme a estudiar.
La vergüenza de estar haciendo algo tan poco moral como cotillear, se apoderó de mi primer impulso.
Pero no pasaron ni treinta segundos cuando cogí de nuevo las lentes y busqué de nuevo su ventana.
Y allí seguía. Y sabía que lo miraba.

Le contesté al hola del gesto de su mano.

La situación era cuanto menos curiosa.
Nos mirábamos y mirábamos y no reaccionábamos.

El primer día me despedí abriendo y cerrando la mano.

El segundo día escribió en un folio Carlos.

El tercer día se despidió lanzándome un beso.

El cuarto día, cuando me echó de menos me hizo señales con el reflejo del sol en un espejo.

El quinto día se convirtió en un mes.

Y un mes en dos.

Y yo seguía intercambiando gestos y alguna frase de pocas palabras en letras grandes en folios usados.

Sé que edad tiene, que estudia.
Conozco su cara, su complexión.
Conozco su caligrafía, sus aficiones.
Lo puedo mirar veinticuatro horas, si quiero.

Sé que ya no bajamos nuestras persianas.
Sé donde vive (no es dificil conocer la dirección a partir del edificio).

Sin embargo no sé su móvil, ni su correo electrónico, ni como suena su voz.
No lo he visto a menos de cinco metros.
No me lo he cruzado por el barrio.

¡Quizás no sea real!
Quizás sólo sea un espíritu de un mundo paralelo.

El espíritu que me hace señales con la linterna porque sabe que ya no duermo con la persiana bajada.