Josconcio…
Mi casa tiene tres habitaciones habitables (tanto en verano como en invierno) y cuatro donde se crean estalactitas (en verano y en invierno, eh?).
Tanto el dormitorio de mis padres, como el mío, y el comedor dan al sureste. Orientación bastante buena. Mucho sol en invierno que caldea la casa, y conseguimos pasar los peores meses con un par de calefactores y un brasero.
Sin embargo de las otras cuatro, una es la entradita, ex-morada del ordenador azul y lugar de restauración de todos los pc’s que llegan a casa, otra es la habitación de los chismes donde duerme ahora el servidor (el calorcito del pequeño consigue que la habitación siempre esté calentita, aunque el ruido es insoportable, y de vez en cuando el disipador se come un IDE y huele a plástico quemado…), otro es el baño (imprescindible llevarse la estufa si no quieres coger frío en tus innombrables), y por último la cocina.
Como el comedor y la cocina, tienen una puerta común, mi madre, una vez que termina de lavar los platos, o recoger una lavadora, o fregar el suelo, cierra la puerta, para que “el calor del brasero no se vaya”.
Todo esto os lo cuento porque hoy, al ir a merendar he abierto la puerta de la cocina y el suelo estaba helado.
Mi madre había fregado, y no sólo no se había secado, sino que… inexplicablemente, el suelo era como una pista de patinaje.
Yo, que no he aprendido a patinar sobre hielo (y eso que me gasté 12 libras en intentarlo) lo primero que he hecho es dar con el culo en el suelo. Y luego con la cabeza.
Y así estoy. Con mis generosas posaderas en un cojoincito, y dolorida.
Esperando a que venga alguien a hacerme lo de “Sana, sanita…”
O a darme un beso, que también… me han dicho que va bien.

