Pececitos por aquí…
Hay veces en mi vida en las que me siento tan débil, que tengo que poner la otra mejilla.
Y otras veces sobre mi cabezan vuelan ideas que hagan realidad mis fantasías de venganza con los que se han portado mal conmigo.
Seamos sinceros, casi todos planeamos, y pocos realizamos.
Tengo una amiga que a cambio de un alquiler barato, aguantó varios años a unas compañeras de piso que le hacían la vida imposible. Premeditadamente.
No es que fueran idiotas, es que eran unas cabronas malas compañeras.
No sé dónde estará el límite de tu paciencia, pero yo no he visto muchas veces así a mi amiga, como cuando decidió cambiar de piso. Después de algunos meses sin descansar bien (debido a los ruidos), después de que la comida de la nevera desapareciera y de encontrarse que su intimidad había sido violada.
La convivencia es difícil, y más en estas circunstancias.
Así que la echaron.
Hay muchas formas de obligar a alguien a irse, y una es esa. No dejándola vivir.
Pero mi amiga no quería poner la otra mejilla.
No hablo de algún mantel que se llevó, o de alguna banqueta… O del mando de la tv…
Sino que se entretuvo en quitar la tabla embellecedora que los muebles de cocina tienen a ras de suelo, y en el hueco que queda, entre las patas, metió un cuarto de boquerones, y una sardina.
Y eso fué antes de la Navidad.
Se mudó de casa, y allí se quedó el regalito.
No sabemos que ocurrió después, suponemos que después de 15 días el olorcillo sería considerable… Y que en un mes que llevará allí, no sólo el olor, sino los bichitos carroñeros que serán atraidos también serán considerables.
Pongamos que el mejor de los casos, encuentren el pescado.
Y en el peor… estén obligadas a irse.
Que es justamente lo que le pasó a mi amiga.