Calderilla
Nos han puesto una máquina de café nueva.
De ésas que tiene por lo menos diez o doce tipos de bebidas, y tiene precios “raros” de los que nunca llevas “justos” en monedillas.
Lo guay de la máquina es que acepta monedas de 2, 5, 10, 20, 50, 1 y 2 euros.
En casa nunca sabemos que hacer con las monedillas de 1, 2 y 5, y tenemos una huchita donde toda la familia las recolecta (creo que la intención clara de mi padre es pagar la próxima multa con monedas de ésas).
Así que un día cogí un puñadito de monedas, y con paciencia y dedicación, me dediqué a echar monedillas de 2 y 5 céntimos en la máquina hasta que llegó a 60 centimos (que cuesta un capuchino con chocolate nestlé).
Y eso lo hice una mañana, y otra mañana, y otra mañana… durante una semana.
El otro día, entré a la sala de la máquina y había una chica esperando su cafelito.
Y cuando la máquina va a dar cambio, empiezan a oirse en la casillita del dinerillo
“tintlintlinclinclintlinclinclinclonclinclinclintlinclintlinclintlinclintlinclintlinclintlinclintlinquiticlintínínín”
hasta que se desborda y sale una monedilla de dos céntimos y cae al suelo.
Sé lo que estaba pensando la muchacha.
Se estaba acordando de mis padres, de mis abuelos, y cinco niveles de profundidad de mi árbol genealógico.
Se estaba cagando en mis muertos, en en 5 km alrededor de sus respectivas tumbas, por si alguno había salido a dar un paseo.
Sólo que ella no sabía que eran los míos.
Y se dedicó a hacer un fino comentario… “¡Vaya con la máquina!”
