Pongamos que hablo de zapatos…
Decía Perla en su último post que “lástima que no todo en la vida sean zapatos…“.
Este verano, me he comprado dos pares de zapatos.
Todas las mañanas los observo en el zapatero, y me pregunto cuales ponerme.
Unas son unas sandalias de esclava, de cuero, planas, cómodas.
De las que te pruebas y sabes que son las tuyas.
De las que no puedes dejar de ponerte todos los días porque andarías todo el largo camino de la vida con ellas.
Ni una rozadura, ni una dolencia, ni un exceso de crecimiento de la capa córnea, ni una ampolla.
Hace un par de meses hubiera jurado que eran mis zapatos perfectos. Que nada en el mundo podría romperlos, ya le hubiera dado patadas a piedras, o hubiera hecho el Camino de Santiago.
Pero una noche, después de salir del trabajo, camino a casa, me asomé distraidamente a un escaparate.
Y ahí estaban.
Zapatos brillantes, plateados, altos altísimos (9 cm).
Un número más pequeño de lo que yo necesito…. pero… ¡¡parezco una princesa!!
¡¡Y están de rebajas!!
No puedo evitar comprármelos.
Son unos zapatos de fiesta, lo sé.
Son unos zapatos que una no se pone todos los días. Que es difícil encontrar la situación.
Además, cada vez que los uso alguna rozadura cae.
En un dedo, en otro, en el talón, en el empeine… el pie en-tiritado y una semana cojeando.
Pero aún así… son… tan… tan… tan… bonitos.
Y merece la pena todo ese sufrimiento, por el simple hecho de verme con ellos (a veces).
Aunque otras veces me dé la sensación de que voy a perder el pie.
Es posible que mis zapatos nuevo nunca se adapten, que nunca consiga ponérmelos todos los dias.
O también podría ser que por el contrario el material plastificado ceda, aunque en cualquier caso nunca lleguen a ser tan cómodas como las sandalias primeras.
Podría estar toda la vida pensando si ésta es una buena ocasión para ponerme unos u otros.
Pero es lo bueno que tienen los zapatos, que puedes elegir en cada momento cuales quieres usar.
Y como decía Perla… “lástima que no todo en la vida sean zapatos …”
