Desórdenes.
Hace tres semanas, un sábado, al abrir los ojos temprano tuve la sensación de que no sólo me despertaba de un sueño de siete horas. Si no de un letargo de hacía mucho más tiempo.
Miré los papeles que se acumulaban en la mesa desde hacía meses, las decenas de “avisos de llegada” de paquetes que no había recogido en correos, los cedés rotos que me había limitado a almacenar, un curso de nueve capítulos de catalán que nunca empecé.. y las fotos de la pared que me habían estancado en el pasado.
Incluso la hoja del calendario de la pared no había sido cambiada desde diciembre del año pasado.
Me suele pasar a menudo. Creo encontrarme el doble de veces que me he dado cuenta de que me he perdido. Y al revés. Que me pierdo recursivamente. Como… perderse en tu propia perdición.
Vivir de fotos amarillentas nunca ha sido la solución, y aunque no crea en la felicidad utópica (no es un epíteto), si había algún camino para llegar, yo ando en el sentido incorrecto.
Y ya está. Coge una papelera grande, y tira lo que no te hace sentir bien. Lo que está sobrando.
Incluso necesitaría una papelera de reciclaje cerebral, con una opción de eliminar.
Encuentro tantas cosas… tantas cosas que en realidad no sé lo que significan…
No sé por qué compré unos sellos ingleses, ni a quién le envié una carta. No sé quién tiene la mitad del llavero en forma de corazón. Ni quién me regaló esos pendientes.
¿Dónde me tomé el café del que guardo el azucarillo? ¿Con quién estuve en este restaurante, y por qué guardo un ticket? No sé a quién fui a ver con esa tarjeta de embarque, ni de quién es la rosa seca. ¿Con quién fui al Alcázar de Segovia y compré ese lápiz?
Los recuerdos importantes amarillean, y los míos de mis últimos meses se olvidan antes.
¿Dónde están ahora las personas que me parecieron importantes? No estaba viviendo deprisa: estaba huyendo.
Pero sí que sé por qué pinté ese dibujo.
Sé por qué el tres de noviembre sólo recordaba, igual que ahora, cómo hacías la maleta.
No sólo es el dibujo, recuerdo de qué color eran las camisas que están pintadas a lápiz encima de la cama. Cómo era mi reflejo en el espejo. Y hasta la sudadera de bolsillos que llevaba.
Y aunque no está dibujado, aún veo la insistente gota que patinaba hasta la punta de mi nariz.
Las heridas hay que dejarlas cicatrizar, y eso es algo que aprendo cada dos meses. Cuando lo necesito, lo hago, y vuelvo a soportarme a mí misma.
No es tan dificil olvidar que para querer a los demás, hay que quererse a si mismo.
También para ordenar tu mundo, hay que empezar por las ideas.
Ya lo veía venir.
Casi desde Navidad sabía que antes de compartir mi espacio vital, necesitaba estar sola. Y por eso bloqueé (un poco mal, en las formas) mi propio margen.
Comprendida a veces, y aguantada en ocasiones, he puesto a una cierta distancia a mucha gente.
Y desde hace tres domingos, en forma de regalo, ha sido otro el que me ha obligado a sentarme y pensar.
Y ahora tengo tiempo. Tiempo. Tiempo. Tiempo para tumbarme boca arriba y aprender otra vez, que estar sola, cuando es voluntariamente, tampoco es tan malo.

