El viaje a México (Parte III de IV)
Pues elegimos pasar una noche más en Madrid, ir a Atlanta (EEUU), y volar en el “avión chiquitito” en el vuelo delta.Y Delta era sólo la compañía aerea.
Pues otra noche más en el hotel.
Con lo bien que podría estar yo en mi casa con mi mami, o en Barcelona con Jaumi.
Otra noche más con el horror de comida de segundo tenedor.
Después de dos días, sentí la necesidad de abrir la maleta. Des-plastificarla.
Pese a que Rubén me decía… “Mira que ese plastiquillo es como el de los champiñones, que lo abres, y luego no hay forma”.
“Que sí, que sí, con mucho cuidadito”.
Cuidadito los cojones.
El plástico, efectivamente, se hizo un “gurruño” indesliable.
Pues no me da la gana de gastarme 6 euros en plastificarla de nuevo.
Por eso estuve dando la lata toda una tarde hasta que me llevaron a un Carrefour, donde me compré un film de esos de plástico de 100 metros (de la comida), y me hice una chapucita casera.
Y tan bien que quedó, oye.
Mis champiñones, otra vez envueltos.
Volar ocho horas y media, saliendo por la mañana temprano significa que tienes que estar las nueve horas, con alguna cabezadita, en un asiento.
In-ter-mi-na-ble.
Por mucha pantallita integrada en el asiento de delante con peliculas, y juegos, información del vuelo, y todo lo que quieras.
Por mucha comidita, postrecito, meriendita, cenita.
Porque tampoco se podía llamar comida, ni postre, ni nada.
La comida, UN canelón.
Abrias el taper (por lo menos calentito) y veías un triste canelón, solitario.
El postre, UNA galleta.
Abrias el envoltorio, y una minigalleta de mantequilla escocesa (muy rica, si, pero…en la caries de una muela se quedaba).
Una merienda: una minitarrina de helado de vainilla (y encima no me gustaba).
Una cena, un trocito minúsculo de pizza cuatro estaciones.
Si me tiro así una semana, seguro que adelgazo 10kg.

En el camino conocimos a un señor mexicano muy culto, que criticaba a EEUU bastante, aunque le encantaba cruzar la frontera para ir a comprar, y que sus hijos fueran al concierto de Madonna en Houston.
Que nos habló de culturas, de gastronomía, monumentos, geografía, mafias, delincuencias, narcotráficos, y de todo. Oye, el hombre sabía de todo.
Llegamos a EEUU, y además, por el camino conocimos a una pareja que era de Huesca, que la mujer tenía los mismos apellidos que alguna buscada por la policía y la retuvieron un par de horas.
Nosotros pasamos bien el control de pasaportes.
Salvo que me preguntó un “Where”, y en realidad era un “When”, y me gritó un poquito el señor policía.
Me hiciero una foto, me tomaron las huellas dactilares. Y ea, ya te puedes meter en los EEUU.
Pero al señor mexicano, que debería ir en el vuelo a Monterrey con nosotros no lo veíamos. Dijimos que lo íbamos a esperar, y esperamos, esperamos y esperamos.
Y el señor no venía.
Y Rubén y yo pensando que ya se lo habían cargado por hablar mal de los Estados Unidos.
Pues sí, vino. Que había rellenado un formulario incorrecto, y que le pidieron su visado.
Y venga a rajar.
Yo mientras flipaba con los estadounidenses. Con los polis, que eran como los de las películas. Con los marines de 16 años que se iban a luchar por su patria, y les quedaban grandes los uniformes.
Además, el papel higiénico de ese pais no valía un duro. Una capa, y malísimo. (Donde esté mi deliplus 3 capas…)
Lo bueno (mejor dicho: lo mejor de todo el viaje) es que un chico muy americano, muy alto, muy rubio, muy…. todo… me guiñó un ojo.
Pues yo, que no estoy nada acostumbrada, le sonreí y me sonrojé casi. Y fui dando saltitos… “Rubén, Rubén, que me han guiñado un ojo!”

