El viaje a México (Parte IV de IV)
La visita a Atlanta fue fugaz, y en un par de horas estaba entrando en “un avioncito chiquitito” como nos dijo Anuska. Y tan chiquitito. Minúsculo.
Y otras tres horas y media en avión.
Después de estar nueve horas en avión (que se dice pronto), que te monten en otro, por muy simpatiquisima que sea la azafata, por muy de las Canarias que sea, por mucho que te ayude con la “Forma” (formulario que hay que rellenar para entrar a cualquier país)… tres horas y media más te parece una vuelta al infierno del “síndrome de la clase turista”.

Y yo, en ese momento, entre el mareo (las 4 de la mañana con el sol de las 6 de la tarde es desorientante), el cansancio, el dolor de cabeza, y el hambre, me parecía que directamente iba a morir en aquel último viaje. Tan cerquita de mi destino.
Para rematar, me cogí unas galletitas de “crema de cacahuete”, que eran como si a unas galletitas saladas de toda la vida, le hubieras metido manises ya masticados.
¡Ay! ¡Pero qué asco!
Intenté dormir. Lo intenté de verdad.
Cerraba los ojitos, me hacía un ovillito en el asiento debajo de mi chubasquero nuevo.
Pero nada.
Entre arcadas, y tiriteras, aterrizamos.
Recé por que mi maleta hubiera llegado bien, y llegó.

Y ahora quedaba la aduana de México. Que aunque el control de pasaportes era más suave, el de equipajes se rige por un semáforo que aleatoriamente da un rojo o un verde a cada pasajero (semáforo fiscal, se llama). Si el semáforo te da un verde, pasa. Si te da un rojo, te abren el equipaje.
Pues me tocó rojo.
No es un control demasiado exhaustivo. A mí solo me miraron un poco por encima, y vieron los medicamentos, y tampoco dijeron nada.

Ahora sólo faltaba que nos vinieran a recoger. Media hora tirados en un banco, y por fin llega un taxi a por nosotros.
Viva! viva!
Ni bajé a cenar.
Me metí en la ducha, lavé los pantalones, lavé la camiseta (porque pensé que se podría escapar, porque después de tres días poniéndola tenía vida propia).
Y me metí en la cama.
He dormido un montón de horas del tirón, pero me despertadé tempranito (no soy capaz de dormir más de ocho horas).
He llamado a mis padres, a Jaume. He puesto más ropa en el armario. He pegado fotos en la que será mi habitacíon los próximos seis meses. Me he vestido, y me he ido a desayunar (buffet libre, pero nada del otro mundo, aunque con el hambre que había pasado los últimos días -entre el hotel, y el avión- me ha sabido todo a gloria).
Y así empezaba mi primer día de trabajo. Y vivir en México. Y México y sus mexicanos. Y sus comidas, sus horarios, sus costumbres, su cultura, su idioma…
Pero eso es otro capítulo.
