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May

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El viaje de vuelta.

By Tutty

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No tengo ni la más remota idea de por qué últimamente, en cuanto me meto en la cama, mi cerebro empieza a trabajar rapidamente. Como si me hubiera tomado varios cafés media hora antes, o muchas semillas de guaraná.

El caso es que aquí estoy, después de haberme terminado las últimas 100 páginas de un libro que he leido casi de un tirón tres noches seguidas. Después de haber dado doscientas vueltas en la cama. Después de haberme despertado a las 9.30 (y ayer me acosté a las 2.30!)

No sé qué me inquieta. O qué me tiene nerviosa.
Quizás sea que en tres días me toca hacer la mudanza, y aún me resisto a la idea. O que aún no sé muy bien cómo me voy a adaptar a mi nueva ciudad. O si todo va a salir bien y mi máster (en el que me voy a gastar prácticamente mis ahorros de los dos últimos años) va a aportarme todo lo que espero…

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Pero ahora sólo estaba pensando en el viaje de vuelta desde Oxford hasta Granada.
Cómo llegué cinco horas antes al aeropuerto. Con un billete de cien libras esterlinas (la fianza que había pagado al llegar a la residencia), con hambre, y sin conseguir que nadie me dejara pagar con él.
Cómo tuve que esperar casi tres horas hasta que abrieron el mostrador de facturación.
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Cómo el srto. azafato de EasyJet me decía que iba con un kilo y medio de más en la maleta, y que además no podía viajar con dos bultos de mano. Y yo le explicaba que mis dos bultos de mano cabían ambos juntos en la cosa que servía para medir si el equipaje de mano era suficientemente grande. Y él insistía en que sólo podía ser uno. Y yo le decía que si cogiera una bolsa de basura grande, y metiera mis dos maletitas, sería sólo un bulto y cabría en la cosa. Y él, inflexible, me volvía a repetir que sólo podía subir un bulto.
Así que intenté meter todas las cosas que había en uno de las bolsas en la maleta grande (aunque ya tenía sobrepeso), y al intenterlo rompí la cremallera de la maleta, y el bolsillo no se podía cerrar.
Así que tuve que plastificarla entera, pero sin querer dejé demasiadas cosas dentro, así que cuando volví a pesar la maleta, ésta pesaba tres kilos y medio más. Y además tuve que facturar una mochila completamente vacía (saqué la cámara de fotos, y la puse en el bolso) -700 gr.- y por ello me cobraron otras dieciséis libras.

Pensándolo detenidamente (ideas de Jaume) podría haber plastificado mis dos bolsas de mano juntas, y no tener que facturar.
O plastificar la mochila junto a la maleta, y que no fueran dos bultos diferentes.

Pero no, yo rompí la cremallera, pagué la plastificación, pagué el sobrepeso, y pagué facturar otra maleta más.

Eso sí, cuando fui a pagar las 25 libras esterlinas que me costó la bromilla, allí estaba con mi billete de 100 libras que nadie quiería cambiar. Y la muchacha preguntándome que si no tenía uno más pequeño (ja ja ja!) o que si podía cambiar el billete en otro sitio antes de pagar (ja ja ja!).
Con la malafollá granaina hablando inglés se topó.

Porque cuando preguntó “No tienes un billete más pequeño?” Contesté un sequísimo “No!“.
Y luego dijo “No tengo cambio“.
(¿Y?)
Así que le contesté, con toda la ira que había estado conteniendo mientras hablaba con el inútil del mostrador. “Tengo que pagar, tengo dinero, tú no quieres el dinero, pues si quieres no te lo pago“.
Me preguntó también que sí tenía tarjeta de crédito (quizás mi inglés no es muy bueno, pero… ) y volví a contestarle “No, tengo 100 libras“.
Incluso me preguntó que si podía cambiarlo en otro sitio, a lo que le contesté (qué maleducada!) “Yo tengo dinero, eres tú la que no tienes cambio, es tu problema y no el mío“.
Así que la chica se levantó de su asiento, y se dio una vueltecita por el aeropuerto para buscar cambio.

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Pasé por la check door unas dos horas antes de que saliera el vuelo, pero con la vuelta de las 100 libras me pude comprar un muffin de cada sabor (cinco difentes), una lasaña vegetariana, una cocacola, y un café.

Y al final, es sólo una tontería.
Como todas las demás tonterías que nos pasan todos los días.
Como todas las tonterías que cuando descubro que lo son me prometo a mí misma no volver a preocuparme por ellas.

Pero lo cierto es que siempre vuelvo a ahogarme en medio vaso de agua.

Como ahora, que el hecho de empezar una nueva etapa de mi vida, me quita el sueño.