Living in Bcn!
Llevo un año intentando escribir este post que, como casi todo lo que escribo, lo hago para mí (aunque luego tenga la indecencia de ir exponiéndolo públicamente).
Me ha costado muchísimo escribirlo y hacerme a la idea de que tenía que hacerlo. Tanto, que he cambiado el diseño del blog entero mientras me decidía.
Hasta ahora todo lo que había hecho (lo poco, o lo mucho) estaba pensado por y para mí. He prometido mil cosas que no he cumplido, y nunca he dejado de hacer lo que quería sin importarme mucho la gente, no he pensado a quién le gustaba, o le disgustaban mis decisiones, ni siquiera a quién le estaba haciendo daño. Tampoco me importó la opinión de nadie cuando vivía como un pollo sin cabeza (los pollos sin cabeza también se divierten, no te creas…)
Y de pronto, hace un poco más de un año dejé de hacer todo eso, para tomar una la decisión: compré un viaje sólo de ida. (Había comprado hasta ese momento 45 billetes de ida, con sus respectivos 45 billetes de vuelta). Si no es fácil vivir durante un año en un aeropuerto, quedarse de una vez en uno de los dos lados tampoco es sencillo.
Sí, mucha gente se va de sus casas todos los días pero la mayoría tienen la esperanza de volver a su casa alguna vez. Y aunque cuando yo me vine a Barcelona sólo una pequeña parte asumía que me iba para siempre, esa pequeña parte se ha asentado definitivamente en mi cabeza, en mí misma, y en mi forma de vida. Ahora sé que si vuelvo va a ser dentro de mucho, mucho, y que es mucho más probable que me aleje, a que me acerque…
Dejar una vida no es fácil, y dejarla por alguien mucho menos. Tomar la decisión de desaparecer fue duro. Y el esfuerzo que me supuso es algo que poca gente sabe.
Durante mucho tiempo tuve la sensación de que había muerto de alguna forma, en otro sitio, para volver a resucitar aquí. La gente que dejé atrás sigue con su vida, nada se para, y nadie va a dejar de evolucionar (o no). Y ya no tengo la sensación de volver a casa.
Y he vuelto a empezar. He hecho un borrón y cuenta nueva. Como si hubiera vuelto a nacer. Una ciudad nueva, una vida nueva, un piso nuevo.
Me traje pocas cosas porque todo fue tan de repente que no tuve ocasión de hacer una mudanza de verdad.
Cuatro o cinco libros, cuatro o cinco pantalones, unas cuantas camisetas… una maleta bien pequeña, y pocas cosas que pesaran en la mochila.
Ahora ha pasado un año, y el propósito que tenía en mente cuando empecé a escribir, era hacer una valoración de si esta decisión que con tantísimo esfuerzo tomé (sólo mis íntimos sabían lo poco dispuesta que estaba a abandonar Granada).
De la parte mala de haberme mudado tiene la culpa la nostalgia.
Echo de menos Granada. Que es mi ciudad. Que es muy bonita, que tiene encanto. Un encanto fácil de captar cuando vas de turismo, e imposible de olvidar si vives allí. Granada tiene una forma de vida, un ritmo distinto. Granada tiene tiempo. Es pequeña, es fácil ir andando a cualquier sitio. (Eso sí, más te vale no necesitar el autobús).
Barcelona es más grande y llevo un año aquí y podría decir que me pierdo todos los días. Incluso me he comprado un móvil con GPS para encontrarme a mí misma.
En Barcelona tengo “complejo idiomático”. Entiendo bien el catalán pero no lo hablo, y es una barrera invisible… o no tanto.
Y en Granada estan la mayoría de mis amigos, y la distancia no favorece mucho las relaciones.
Sobre las cosas buenas de haberme ido destaco que ‘lo he hecho‘. He venido. He dejado el paraguas protector de mis padres. Esto ya no es un juego, no es un viaje, no es un rato. Me he independizado, he encontrado trabajo, y tengo mi propia familia.
Era una meta, y lo he cumplido. Es suficiente razón para pensar que el cambio ha sido para bien, porque he evolucionado.
Pero además, tengo una lista enorme de cosas que hacen que me guste vivir aquí.
Me gusta Barcelona porque el transporte público se corresponde con el de una ciudad grande. Odio el metro, y más a las nueve menos cuarto de la mañana, pero saber que el tiempo que tardo en llegar a un sitio depende de la hora que salgo…es calidad de vida. Minuto y medio por parada.
Además soy una gran usuaria del bicing.
Me gusta Barcelona porque hay muchos fnacs. Y hay Bertrand. Puedes coger un libro y leerlo en la misma librería, por ejemplo (qué europeo!).
El viernes pasado me di a mí misma rienda suelta en el fnac, y encontré dos libros de una colección que no encontraba en ningún sitio, en el formato que quería, y… unos cuantos que me interesaban. Ops! ¿Ciento cincuenta euros en libros?
Aquí hay de todo. La mayoría de las marcas/industrias tienen una sede aquí.
Barcelona tiene una oferta cultural alucinante: sesenta cines (no sé cuántas salas) con proyecciones en versión original / subtitulada, o cine independiente… o doblado al catalán… Y el cine al aire libre de Monjuïc.
He contado grosso modo entre quince y veinte teatros. Innumerables salas de conciertos, museos, exposiciones… Veintiocho bibliotecas ordenadas temáticamente. Treinta mercados.
Desde que estoy aquí no ha habido fin de semana en el que no hubiera una cita cultural interesante: teatro, ópera, musical, concierto, exposición del ServiCaixa o el domingo que es gratis entrar a los museos. La Vanguardia publica eventos para el fin de semana de menos de cinco euros.
Y por supuesto, lo más importante. Me he visto casi la mitad de los partidos que el Barça ha jugado en casa, y tengo cinco gigas de fotos de Ricky Rubio. (¿Qué más quiero?)
Profesionalmente también es positivo vivir aquí. Básicamente porque cabe la posibilidad de existir “vida profesional”…. (que no es poco).
Podría enumerar cientos de cosas más. Cosas que añoro, cosas con la que alucino de mi nueva ciudad…
Pero no sé por qué voy a contarlo sólo en un post, si al final tengo un blog para eso… para contarlo poquito a poco y con detalle… ;)
Ahora estoy aquí, y estoy contenta.
Y creo que ha sido un año positivo.
Ahora soy un poquito más mayor.
Y un poquito más romántica.








