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Oct

31

Historias del café.

By Tutty

Hoy, Halloween os voy a contar algunas historias de terror que viví cuando estuve en EEUU.

La primera historia ocurrió el día que se nos olvidó que teníamos que irnos una mañana de Los Ángeles y dormir en Las Vegas. Que tuvimos que hacernos un viaje de cuatro horas, por Arizona y Nevada, de 21 a 01 de la mañana, con un jetlag que nos moríamos.
Yo, previsora, me compré un café, que puse en el Mustang, justo entre los asientos de delante, en el apoyabrazos. Lo deposité un segundo, miré hacia otro lado y cuando volví a mirar el café había desaparecido.
y mi café???
– Ah! – dijo Jaume – Ya decía yo que le había dado a algo con el codo.
La aterradora historia de cómo derramamos un café de medio litro en una tapicería de $18.000 de un Mustang de alquiler.

La segunda historia ocurrió en una gasolinera. En la parte del autoservicio donde te haces café.
– Quiero un café de Mocca- dije.
Y Jaume me advierte:
– Mocca tiene chocolate-
Que no, que no, ¿desde cuando el mocca tiene chocolate?
Pues sí. Tiene chocolate.
– Ahora no quiero pagar cuatro dólares por un chocolate, Jaume.
¿Qué hubieras hecho tú con un café que no quieres? Hacerlo desaparecer, hacerte otro y pagar el otro.
Nada por aquí, nada por allí. Tiro el café en una papelera enorme que había a mi lado.
Mientras me estoy haciendo otro, noto la humedad en los pies.
– Que… coñ….??? – Miro al suelo y veo que desde la papelera sale un líquido espeso marrón. No, no es sangre. Es el café de mocca derramándose a través de la bolsa de la papelera y persiguiéndome… Como en mis peores pesadillas.
Así que de un brinco, con disimulo, me meto en la cola, pago mi nuevo café y salgo… rápido, rápido.

La tercera, y última, aterradora historia del café ocurrió en un Starbucks.
En uno de esos que pides un “café con leche desnatada, descafeinado y con sacarina”. Y tienes que dar tu nombre, no por el crimen que acabas de cometer en contra del café, sino para que te llamen cuando lo tienen hecho.
Estamos en la cola y observamos al coffeemaker (hacedor de café), hacer un café. Con cuidado pone la espuma y la tapadera. Y lo vuelve a destapar, pone cacao en polvo y una tapa nueva. Con sumo cuidado. “WENDYYYY”
Y Wendy no está. Esperamos a Wendy y nada.
Como el tipo de café lo pone en el vaso (desnatado, descafeinado, leche, capuccino…) lo cogí para mirarlo. A lo mejor en vez de mi nombre ha entendido Wendy, pero es el mío. Pero no era. Eso sí, al dejarlo encima del mostrador de nuevo, se me escapa el vaso y empieza a darramarse el café por toda la barra. Rápidamente lo dejo de pie y me alejo un par de pasos. Silbando, porque para disimular hay que silbar.
Justo en ese momento, el camarero se gira y dice mi nombre y cojo al vuelo mi café. Mientras observo, cómo mira hacia abajo y ve el estropicio que hay encima de la barra.
Me giro para no reirme, mientras la chica de detrás, que lo había visto todo, me mira con cara de culpable.

//Corre, Jaume, corre.

Oct

23

Catalana

By Tutty

Hoy me he hecho “catalana”.

Bueno, no es del todo cierto, porque siempre seré andaluza de pura cepa.

Pero hoy ha sido ese día en el que tienes que hacer ese trámite que llevas (en mi caso) cuatro años retrasando.

Ya había intentado empadronarme en Barcelona (ya me vale, porque llevo unos cuantos años viviendo aquí), pero entre que el piso no tiene contrato de alquiler; que no tengo ni el agua, ni el teléfono, ni el gas, ni la luz a mi nombre; que necesitábamos que la dueña del piso, escritura en mano, fuera conmigo al ayuntamiento para decir que efectivamente vivo ahí y no había escritura del piso, etc… se había retrasado, retrasado y retrasado… exactamente hasta hoy. ¿Por qué hasta hoy?
Porque ha hecho falta.

Me he levantado con el ojo hinchado y sin apenas poderlo abrir, con la vista nublada. Y claro, he tenido que ir al médico.
Como no sabía qué era ni cuánto tiempo podía estar así de mal y si tendría que pedir una baja, he decidido ir por la seguridad social.

Y a partir de esta decisión el día ha sido una gymkana.
Lo primero, solucionar lo del ojo. Sin tarjeta, sin estar empadronada y sólo con el dni (y sin número de afiliación de la seguridad social) me han atendido estupendamente de urgencias. Es decir, los problemas burocráticos no han impedido que tenga una atención fantástica.

(Por cierto, he flipado con la Seguridad Social catalana. Después de sufrir cinco horas de espera en una sala de urgencias en Granada, con un pie roto. En Barcelona, un picor de ojos te atienden en veinte minutos. No hay cola y hay seis salas que pasan turno cada tres minutos -de media-. Sí con recortes y todo. El próximo catalán que venga a quejarse de **su** -y ahora tmabién mía- sanidad pública se va a ir al carajo).

Era una conjuntivitis menor, así han sido dos colirios con receta médica (con copago) y unas lágrimas artificiales (sin financiación) y un poco de descanso. Y un día sin actividades que impliquen fijar la vista o el contacto con el humo: nada de ordenador, tv, leer… ni cocinar o ir con la moto detrás de un autobús.
Como ya que no podía ir a trabajar, he decidido arreglar todos los papeles que tenía pendientes desde hacía cuatro años. También porque sin tarjeta sanitaria, si alguna vez tuviera una baja, podría tener problemas.

Lo primero el empadronamiento.
Con la dueña del piso donde resido, que no tiene la escritura (pero sí el testamento en el consta que su padre se lo dejó a ella), hemos ido al ayuntamiento.
Por cierto, hemos tenido un pequeño encontronazo porque resulta que la factura de movistar (teléfono fijo) sí que vale para empadronarse. Pero según el funcionario del Ayuntamiento, la de ONO no.
No pasa nada, sólo se ha tenido que leer el testamento y asegurarse de que, efectivamente, la señora (identificación en mano) que nos acompañaba era la legítima dueña del piso y por tanto podía asegurar y firmar para que así constara, que yo vivo ahí.

Una vez empadronada he vuelto a mi CatSalut, pensando que ya podría solicitar la tarjetilla. Ay! Ilusa!
Necesito un papel que diga cuál es mi número de afiliación a la seguridad social. Y eso lo dan en el Instituto de la Seguridad Social.
Que hemos pedido el “certificado del número de afiliación a la seguridad social”.
Y nos han mandado a tesorería.
Pero en tesorería nos han dicho que no, que si es sólo para la tarjeta, el Instituto de la Seguridad Social ya te lo da, pero que no es un certificado: es un papel con un sello.
Ofú.
Pues sí. Nos han dado el papel con el sello.

Hemos vuelto al CatSalut. No abren por las tardes, excepto los martes en horario de invierno.
Por suerte, hoy era martes, en horario de invierno. Y he hecho la solicitud.
Después de tantas idas y venidas cuando el chicho que hacía el trámite me ha dicho “Este papel -el del nº de la seg. social- lo has sacado por internet?”.
Y yo casi grito: “Noooo, he ido allí, si tiene sello y todo, lo veeesss????”
– “No, si ya.. ya… que.. si no está mal. Es que los he visto con otros formatos, que lo deben haber cambiado… que no está mal… ” (Ufff!!)

Me ha entregado la solicitud firmada y la tarjeta de mientrastanto.
-¿Necesitas cita? – Me ha preguntado cuando hemos terminado
-Pues no… lo he hecho para tener los papeles al día.
-Ah, mira que bien, qué responsable…!! La gente lo deja y lo deja… hasta que le hace falta…-
-Sí… que poca formalidad…

//uins, corre, corre.

Oct

17

El calendario

By Tutty

Sé que una de mis mayores virtudes no es la regularidad. Que escribo de higos a brevas.. y hablando de higo y de brevas…

Hace dos años, hacia noviembre-diciembre, íba a desayunar a una cafetería todos los días. Todos los días café y croasan. De 8.30 a 9. Religiosamente. Me hice habitual en un local bastante peculiar, ya que estaba en un polígono y todos los demás clientes eran camioneros.
No importaba, nadie me decía nada, me atendía un joven camarero amablemente y los cafés estaban bebibles.

Llegaba ya la Navidad y la susodicha cafetería hacía un sorteo. A cada cliente le regalaba un número y si el número coincidía con el de la lotería de Navidad, te tocaba una cesta. Con un chorizo, un fuet y un jamón.
Me explicaba esto el chico que me atendía mientras me preguntaba ¿quieres participar?


A mí estos sorteos me dan mucha rabia, porque siempre pienso “será capaz de tocarme la puñetera cesta y no el gordo!?”. Porque las mismas probabilidades hay.
Pues sí, quiero partipar. (Claro, si es gratis… ¿para qué preguntas?)

Entonces el chico tartamudea un poco y me explica: El número viene impreso en un calendario que hemos hecho… pero es para otro tipo de público… así que…
Me enseña un calendario con una señorita mostrando sus intimas partes.
Bueno… lo cojo. Vaya a ser que rechace el número ganador. Lo guardo en el monedero.

La cesta de Navidad no me tocó. Pero un calendario del 2011 siempre viene bien, así que lo dejé en la parte de los billetes. Y ahí se quedó, por los tiempos de los tiempos. No me acordé más del calendario, olvidado entre todas las tarjetas de crédito, de puntos, de descuentos y hasta de socia del club megatrix que tengo. Hasta ayer.

Ayer, que fui a coger una bicing y buscaba la tarjeta. Llevaba el portátil, un paraguas en la mano, el monedero, el móvil, las llaves y el portatápers.
Y en eso que se me resbala el monedero y todas las tarjetas de crédito, de puntos, de descuentos y hasta de socia del club megatrix se desparraman por el suelo.
El chico que estaba esperando detrás mía para sacar otra bici, amablemente, se agacha y me ayuda a recoger el fruto del gran síndrome de diógenes plastiquil que sufro. Le da la vuelta a un cartoncillo y no es una tarjeta. Es un calendario con una muchacha con tetas como sandías.
Enrojece. Me mira. Yo miro incómoda para otro lado. Vuelve a mirar la asiliconada delantera de la muchacha. Y me vuelve a mirar.

Ambos recojemos lo más rápido que podemos lo que queda por el suelo. Me lo dá, lo meto en el bolso sin ordenar, saco la bici y me voy. Pedaleando a una velocidad que bien podría haber atravesado la barrera del sonido.