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Oct

17

El calendario

By Tutty

Sé que una de mis mayores virtudes no es la regularidad. Que escribo de higos a brevas.. y hablando de higo y de brevas…

Hace dos años, hacia noviembre-diciembre, íba a desayunar a una cafetería todos los días. Todos los días café y croasan. De 8.30 a 9. Religiosamente. Me hice habitual en un local bastante peculiar, ya que estaba en un polígono y todos los demás clientes eran camioneros.
No importaba, nadie me decía nada, me atendía un joven camarero amablemente y los cafés estaban bebibles.

Llegaba ya la Navidad y la susodicha cafetería hacía un sorteo. A cada cliente le regalaba un número y si el número coincidía con el de la lotería de Navidad, te tocaba una cesta. Con un chorizo, un fuet y un jamón.
Me explicaba esto el chico que me atendía mientras me preguntaba ¿quieres participar?


A mí estos sorteos me dan mucha rabia, porque siempre pienso “será capaz de tocarme la puñetera cesta y no el gordo!?”. Porque las mismas probabilidades hay.
Pues sí, quiero partipar. (Claro, si es gratis… ¿para qué preguntas?)

Entonces el chico tartamudea un poco y me explica: El número viene impreso en un calendario que hemos hecho… pero es para otro tipo de público… así que…
Me enseña un calendario con una señorita mostrando sus intimas partes.
Bueno… lo cojo. Vaya a ser que rechace el número ganador. Lo guardo en el monedero.

La cesta de Navidad no me tocó. Pero un calendario del 2011 siempre viene bien, así que lo dejé en la parte de los billetes. Y ahí se quedó, por los tiempos de los tiempos. No me acordé más del calendario, olvidado entre todas las tarjetas de crédito, de puntos, de descuentos y hasta de socia del club megatrix que tengo. Hasta ayer.

Ayer, que fui a coger una bicing y buscaba la tarjeta. Llevaba el portátil, un paraguas en la mano, el monedero, el móvil, las llaves y el portatápers.
Y en eso que se me resbala el monedero y todas las tarjetas de crédito, de puntos, de descuentos y hasta de socia del club megatrix se desparraman por el suelo.
El chico que estaba esperando detrás mía para sacar otra bici, amablemente, se agacha y me ayuda a recoger el fruto del gran síndrome de diógenes plastiquil que sufro. Le da la vuelta a un cartoncillo y no es una tarjeta. Es un calendario con una muchacha con tetas como sandías.
Enrojece. Me mira. Yo miro incómoda para otro lado. Vuelve a mirar la asiliconada delantera de la muchacha. Y me vuelve a mirar.

Ambos recojemos lo más rápido que podemos lo que queda por el suelo. Me lo dá, lo meto en el bolso sin ordenar, saco la bici y me voy. Pedaleando a una velocidad que bien podría haber atravesado la barrera del sonido.